viernes, 6 de junio de 2008

Formulas de belleza de los Antiguos Egipcios


El egipcio era un pueblo que se lavaba varias veces al día y conocían los beneficiosos efectos de una buena ducha. En las casas de las familias más acaudaladas, los sirvientes atendían a sus señores en los cuartos de baño, pasando el agua a través de una especie de cestillo produciendo un efecto de ducha. Al atardecer, se sumergían en las frescas aguas del estanque que toda buena casa tenía en la parte central de su jardín. Pero para la gente que carecía de estos lujos se tenía que contentar con introducirse en una especie de balde o bañera, donde se iba vertiendo el agua poco a poco con otro recipiente. Para lavarse manos y cara, disponían de palanganas. Aunque el común denominador se bañaba en el Nilo, o en canales. Una limpieza alternativa y que era empleado por las clases menos privilegiadas, por los soldados en campaña,... era la de utilizar friegas de arena para arrancar la suciedad.

Las señoras de las clases privilegiadas, sabían que para mantener la piel suave y limpia de impurezas, no había nada mejor que los beneficios de un buen peeling. Una receta que recoge el papiro médico Ebers dice: 1 polvo de alabastro, 1 de natrón rojo, 1 sal del Bajo Egipto, 1 de miel. Se mezclaba todo, con la pasta obtenida se untaba el cuerpo, a la cara, o las manos y después se retiraba con agua. Después de la limpieza corporal, el segundo objetivo era conseguir que la piel no se resecase, manteniéndola, húmeda, suave y elástica. Para ello, la utilización de ungüentos a partir de aceites tanto animales como vegetales era primordial. Para este fin se emplearon grasas de hipopótamos, cocodrilos, gatos o vegetales. También conocieron los beneficios terapéuticos de un buen masaje corporal con aceites y otros ungüentos. La mujer egipcia no se exponía al sol, permaneciendo en el interior de su hogar. Las campesinas sólo salían a trabajar en los campos en época de recogida de cosecha.


Para evitar las arrugas y las pecas utilizaban el aceite obtenido de las semillas de alholva (fenugreek) que era una planta que se utilizaba como forraje. Otra receta consistía en mezclar resina de terebinto, cera de abeja, behen fresco, aceite de alholva e hierbas de chipre. Se trituraba todo y se dejaba macerar. Una aplicación diaria era suficiente para que obrara el milagro. Los ungüentos les eran necesarios para que su piel no sufriera los efectos de la sequedad ambiental. Pero estas pomadas normalmente no estaban perfumadas y sus usuarios debían tolerar el olor a rancio que despedían las grasas. Para estas cremas meramente hidratantes utilizaban el aceite de sésamo (neheh) y el aceite de ricino, que hoy en día se sigue utilizando en las pomadas para las escoceduras de los bebés (llamado aceite de castor del inglés castor oil). También las grasas animales tendrían su lugar para suavizar la epidermis de los trabajadores tras largas horas de exposición al sol. Estos ungüentos básicos fueron utilizados como medio de salario, junto con el grano, la cerveza, o las piezas de tela. Entre los aceites más comunes estaban el llamado segenen (ungüento o aceite) que igual valía para el cuerpo y para las mechas de las lámparas. También usaron el aceite de moringa, que era mucho más apreciado que el de sésamo, pero que no estaba al alcance de la gente del pueblo.Dada que las altas temperaturas sometían a los cuerpos a una transpiración excesiva, inventaron el desodorante fabricado a partir de trementina e incienso en polvo. Otra receta consistía en incienso, alumbre y mirra que se aplicaba en diferentes partes del cuerpo. Otra fórmula de desodorante habla de un agua llamada kebu, polvo de calcita, goma y frita verde, todo ello hecho una bola y empapado en leche de mujer.


Dentro del aseo matinal y también después cada comida, lo egipcios tenía costumbre de realizar un aseo bucal. Este consistía en enjuagues bucales a partir de natrón disuelto en agua. Pero si lo que tenían era un problema de halitosis, entonces tomaban unas pastillas de kifi que se realizaban a partir de semillas de alholva molidas, mezcladas con incienso, mirra, bayas de enebro, resina de acacia, pasas y miel.

Desde el Periodo Predinástico, los egipcios, tanto ellas como ellos, por belleza e higiene, se protegían los ojos con mesdemet (el khol), el contorno negro que resalta los ojos, que obtenían de la galena (sulfuro de plomo) o de la antimonita (sulfuro de antimonio), lo empleaban para prevenir enfermedades oculares, como repelente de moscas y para prevenir el reflejo del sol. Existe constancia que hasta la dinastía IV se empleó una sombra verde, denominada udju, que se obtenía de la malaquita. Después de esta dinastía no se volvió a emplear.

Las egipcias oscurecían sus cejas y pestañas con este polvo de galena mezclado con agua y se aplicaba húmedo con la ayuda de palitos realizados en madera, metal o hueso. Este es el antecedente del denominado Rimel. También se maquillaban los labios. A estos, se les aplicaba con la ayuda de una especie de pincel o simplemente con el dedo, oxido de hierro humedecido, dándoles una tonalidad rojiza. También sabemos que por lo menos durante la dinastía XIX este mismo maquillaje de oxido de hierro se aplicó a los pómulos. Sería nuestro actual colorete. Este maquillaje se sigue utilizando en el interior de Egipto y también por las mujeres de alguna tribu beduinas.

El hombre llevó casi siempre el cabello más o menos corto, salvo durante el Imperio Nuevo donde el gusto por las pelucas hizo furor. Los sacerdotes tomaron la costumbre de afeitarse la cabeza así como todo el cuerpo, en señal de pureza, a partir de la dinastía XIX fue obligatorio. También se afeitaban el rostro, aunque tenemos ejemplos, sobre todo del Imperio Antiguo, de funcionarios con bigotes. El uso de la barba no era muy habitual pero existe algún ejemplo, sobre todo en campesinos desaseados y también se la dejaban en señal de duelo. No hay que confundir esta barba, con la barba que aparece en estatuas, de lapislázuli y era una señal de divinidad. El gusto de la mujer egipcia por la utilización de las pelucas se remonta a las primeras dinastías. De melena corta durante el Imperio Antiguo. Las sirvientas, no utilizaban pelucas, y el pelo de estas era largo. A partir del Imperio Medio el gusto por el peinado cambia. Se siguen utilizando las pelucas, pero ahora la forma de estas es de rollo, imitando la iconografía de la diosa Hat-Hor. Una vez más, durante el Imperio Nuevo el gusto, raya la perfección. Es el momento de las pesadas pelucas, con pequeñas trenzas, tirabuzones u ondas a media espalda. Muy adornadas con joyería o con simples coronas de nenúfares. La utilización de las pelucas era un signo de distinción, pero al mismo tiempo, protegía a sus portadoras, de los fuertes rayos solares. En su mayor parte eran de pelo humano, pero también se han localizado de fibra vegetal. Se guardaban en cajas y se han localizado tenacillas con las que ondulaba el pelo y también en alguna de ellas, han sido localizados restos de cera de abeja que se empleaban para fijar las ondas. Durante el corto periodo de El Amarna, se vuelve a las pelucas cortas de corte tradicional que adoptará la reina y por consiguiente toda la corte. Pero pasado este momento, las dinastías siguientes volverán a la utilización de la peluca larga. A pesar del alto uso de pelucas se conoce la utilización de peines, bien de hueso o madera que se siguieron utilizando durante toda la época histórica. Estos eran de una o de dos caras, gruesos que permitía arrastrar la suciedad y las liendres. Los piojos, no solamente eran molestos sino que son portadores de enfermedades como el tifus. Por lo que el aseo del pelo estaba muy extendido. Se sabe que los egipcios se lavaban periódicamente el cuero cabelludo y que utilizaban aceites extraídos de la Balanites aegyptiaca, dátiles del desierto, para perfumarlo.

Para cubrir las canas se cubrían estas con diferentes remedios: con hena (actualmente se sigue utilizando); la sangre de una vaca negra hervida y mezclada con aceite; o la grasa de una serpiente negra. Estos remedios garantizaban que su pelo recuperaba el color negro.
Para el pelo sin brillo y algo áspero utilizaban yemas de huevos de cuervo negro, aplicadas directamente, lo dejaban unos minutos y lavaban el pelo. Para cabellos débiles; necesitaban la pata de un galgo hembra, el hueso de un dátil, la pezuña de un burro, todo hervido en abundante aceite, después de frío se lo aplicaban diariamente durante varias semanas. Contra la alopecia aplicaban diariamente una loción aceitosa a partir de aceite de alholva.

En la difícil tarea de cuidarse y embellecerse, los egipcios utilizaron un sin fin de hermosos objetos. Así tenemos precisas pinzas con lo que eliminar cualquier bello superfluo, cuchillas para rasurar, hermosos tarros para ungüentos, recipientes para el khol, espejos, peines y un sinnúmero de otros objetos que para nada desentonarían en cualquiera de nuestros tocadores.

Tenemos constancia que desde la dinastía XII, tanto los hombres como las mujeres se hacían la manicura y la pedicura y que también utilizaban barniz o laca blanca para corarlas.

El benigno clima de Egipto, hizo que el vestido de todas las épocas fuese ligero y fresco. Se empleó casi siempre el lino, de una textura semi-gruesa. En épocas del Imperio Nuevo utilizaban un lino especialmente fino denominado byssus, importado de Siria. La lana fue raramente empleada ya que se consideraba impura, pues era el tejido que habitualmente empleaban los pueblos asiáticos. El algodón no fue conocido en Egipto hasta la época romana. El vestido femenino evolucionará a lo largo de la historia de Egipto, mientras que para el hombre se mantuvo más homogénea. Este casi siempre empleará el kilt corto con los dos extremos cruzados y anudados, normalmente con un lazo elaborado, a la altura de la cadera.


Durante el Imperio Antiguo, la sobriedad tanto en la indumentaria como en el peinado marca la pauta. Para la mujer noble, los vestidos son de tirantes anchos y largos hasta los tobillos y los brazos se cubrían con una especie de túnica. El Imperio Medio deja en libertad parte de la anatomía femenina. El busto se muestra sin reparos y de una forma sugerente. Pero el gusto por lo exquisito le llega a Egipto de Oriente. Las mujeres del Imperio Nuevo se cubren con el fino lino procedente de Siria, las transparencias y los pliegues marcan las suaves curvas de sus cuerpos. Vestidos largos, anudados a la cintura con fajines de colores, que se entreabrían dejando al aire las torneadas piernas de sus dueñas. Sobre estos, túnicas plisadas, con mangas. En otras ocasiones una especie de chal longitudinal, también plisado, se recogía en forma de abanico sobre los hombros. En alguno de estos vestidos se cosían plaquitas de fayenza, o pasta de cristal que al caminar, chocaban entre sí, y producían un sugerente sonido como de campanillas.

El calzado que utilizaban eran sandalias, realizadas en materiales vegetales como hojas de palma, esparto, juncos o papiros. También se realizaban en cuero pero eran muy costosas. No se han encontrado talleres de artesanos que se dedicasen a estos fines, por lo que se piensa que eran realizadas por las mujeres en el hogar. Como ven, señoras y señores, en esta materia no se ha inventado casi nada, y tan sólo somos los herederos de las costumbres de un pueblo con un pasado milenario.

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